Retomando el pasaje de la conversión de san
Pablo (Hch 9, 4 s) en la que el Señor le dice: "Saulo, Saulo, ¿por qué me
persigues?" Pablo le pregunta "¿Quién eres, Señor?", a lo que
recibe la respuesta "Yo soy Jesús, a quien tú persigues", vemos que
Pablo al perseguir a los miembros de la Iglesia perseguía a Jesús mismo.
San Pablo dice en su primera carta a los Corintios:
"¿No sabéis que
vuestros cuerpos son miembros de Cristo?", para san Pablo Cristo y la Iglesia se encuentran unidos del
mismo modo que según el Génesis, el hombre y la mujer llegan a ser una sola
carne, así también Cristo con los suyos se convierte en un solo espíritu, es
decir, en un único sujeto a través de la resurrección.
A este respecto el papa Benedicto XVI dice en su homilía de inauguración
del año paulino en 2008: “Para san Pablo, las palabras sobre la Iglesia como
Cuerpo de Cristo no son una comparación cualquiera. Van más allá de una
comparación. "¿Por qué me persigues?". Cristo nos atrae continuamente
dentro de su Cuerpo, edifica su Cuerpo a partir del centro eucarístico, que
para san Pablo es el centro de la existencia cristiana, en virtud del cual
todos y cada uno podemos experimentar de un modo totalmente personal: él me ha
amado y se ha entregado por mí”.
Todos los cristianos estamos llamados a ser
Cristo vivo hoy como lo fue san Pablo, a ser los pies de Cristo que anuncian el
evangelio, a ser las manos de Cristo de dan generosamente, a ser el corazón de
Cristo que ama desinteresadamente, le pedimos a Dios que nos dé la gracia del Espíritu
Santo para que esto sea una realidad. San Pablo apóstol, ruega por nosotros.
María fue considerada desde un principio
como prototipo y modelo de las almas vírgenes. Esto supone que ya desde el
siglo IV era creencia universal la perpetua virginidad de María.
El primer testimonio que poseemos en este sentido
es un texto de Orígenes (año 254) en el que afirma que es conforme a la razón
atribuir a Jesús las primicias de la virginidad respecto a los varones y a
María respecto a las mujeres. «No me parece acertado (eúphemon) atribuir a otra
que a María las primicias de la virginidad». San Atanasio (año 373) tiene una larga
carta, conservada en copto, en la que propone a María como la forma o el espejo
en el que se deben contemplar las vírgenes de su tiempo. La propone como modelo
de todas las virtudes, pero insiste en la virginidad.
En esta carta se inspiró san Ambrosio (año 397),
que es el que más ampliamente desarrolla este aspecto de la ejemplaridad de
María en varias de sus obras consagradas a las vírgenes: «Sírvaos la vida de
María de modelo de virginidad, cual imagen que se hubiese traslado a un lienzo;
en ella como en un espejo brilla la hermosura de la castidad y la belleza de toda
virtud».
La Virgen María es la imagen perfecta de
toda virginidad, «cuya vida pasó a ser norma para todas las vírgenes. Si, pues,
nos agrada la maestra ensayemos en nosotros sus obras, de suerte que para
obtener semejante gloria en la pureza, imitemos sus ejemplos».
No debe extrañarnos, por consiguiente, que
la llame «maestra de la virginidad», Y no contento con esto, añada que es fuente
de pureza, porque inspira e infunde pureza a los que entran en contacto con
ella: lo fue para Juan el Bautista, para Juan el discípulo amado, para el mismo
José su Esposo. Lo sigue siendo para innumerables almas que se inspiran en este
modelo, para tantos hombres y mujeres que consagran a Dios su virginidad y la
invocan confiados en sus dificultades y peligros.
Fuente: Diccionario Teológico de la Vida
Consagrada, Ángel Aparicio Rodríguez
Los votos de pobreza, castidad y obediencia
quieren ser expresión de una actitud interior de entrega incondicional por
amor. El amor es único, indivisible; sus expresiones son múltiples.
Pobreza, castidad y obediencia son como tres
puertas por las que se entra en una misma habitación: la disposición interior
de entrega total. Los votos no crean un estado adquirido, sino que inician un
proceso y, por tanto, exigen respuesta cada día. Tienen una dimensión social.
No son sólo un compromiso con Dios, sino que se proyectan hacia la sociedad.
Son un anuncio y una denuncia.
Tal vez los mismos religiosos desconocen
esa dimensión social. Deberían interiorizar esta realidad para convertir su
testimonio en un grito profético para el mundo de hoy.
Podemos sintetizar todo lo dicho diciendo
que ser religioso es vivir intensamente el dinamismo de la consagración
bautismal hoy y en la realidad, de un modo que nos interpela.
Fuente: Diccionario Teológico de la Vida
Consagrada, Ángel Aparicio Rodríguez
Isaías alerta contra el orgullo y la autosuficiencia,
fuente de la incredulidad. Sólo una absoluta confianza en Dios puede arrancar
del hombre la inseguridad que lo tambalea. «Si no os afirmáis en mí, no seréis
firmes» (Is 7,9). Afirmarse en Dios y ser firmes. Creer y subsistir. Sólo una
fe total hace que el hombre experimente salvación.
Quien cree y confía, no vacila, no se impacienta,
no se apresura. « Así dice el Señor Dios: "He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra
elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella no
vacilará" (Is 8,16). Esta Piedra es Cristo (lPe 2,4). Por su adhesión de fe
incondicional a Cristo, la Roca, la iglesia vencerá el poder de la muerte (Mt
16,17-19). Ciertamente, la salvación está en escuchar a Dios y en tener
confianza en Él, renunciando a escuchar otras voces y a volcarse en otras
confianzas.
Los hombres podemos ser muy temerarios y autosuficientes.
Dios resulta con frecuencia «molesto» a nuestros oídos y, sobre todo,
sorprendentemente «luminoso» a las oscuridades de nuestro corazón. Quien se
obstina en su orgullo, corre el riesgo de perderse. Sólo el abandono confiado y
sincero en las manos de Dios hace experimentar al hombre su compasión. «Así dice
el Señor Dios: "Por la conversión y calma seréis liberados, en el sosiego y
seguridad estará vuestra fuerza". Pero no aceptasteis... Sin embargo, aguardará
el Señor para haceros gracia, y así se levantará para compadeceros, porque Dios
de equidad es el Señor: ¡Dichosos todos los que en Él esperan!» (Is 30,15.18).
Quienes son conscientes de su invalidez y la aceptan,
recurriendo a Dios, sabrán que El salva a los débiles, a los oprimidos, a los
pobres. Sólo en un pueblo pobre y débil se realiza la fuerza salvadora de Dios.
«Los débiles pacerán en mis pastos y los pobres en' seguro se acostarán» (Is
14,30).
Los que con humilde confianza se echan en los brazos de Dios,
encontrarán en Él su gozo y su alegría, el aliento de tantas situaciones
oprimentes y desgarradoras.
Fuente: Diccionario Teológico de la Vida Consagrada, Ángel Aparicio Rodríguez.
La adoración de los reyes de oriente a
Jesús en el pesebre de Belén, representa la adoración de todos los pueblos al
Dios hecho hombre, de manera que Jesús se da a conocer como luz de las naciones
a través de estos hombres, como lo dijo Benedicto XVI en 2012: “La Epifanía es
una fiesta de la luz. «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la
gloria del Señor amanece sobre ti!» (Is 60,1). Con estas palabras del profeta
Isaías, la Iglesia describe el contenido de la fiesta. Sí, ha venido al mundo
aquel que es la luz verdadera, aquel que hace que los hombres sean luz”.
Los reyes de oriente nos dan un ejemplo a
seguir porque buscaron la verdad por encima del qué dirán, buscando la verdad
con humildad, aunque no eran del pueblo judío reconocieron que en medio de este
pueblo había nacido el Mesías, el Señor, el Rey de reyes. El papa Benedicto XVI
hace una descripción de los reyes de oriente muy acertada a este respecto: “Eran
hombres en busca de la promesa, en busca de Dios. Y eran hombres vigilantes,
capaces de percibir los signos de Dios, su lenguaje callado y perseverante.
Pero eran también hombres valientes a la vez que humildes: podemos imaginar las
burlas que debieron sufrir por encaminarse hacia el Rey de los Judíos,
enfrentándose por eso a grandes dificultades. No consideraban decisivo lo que
algunos, incluso personas influyentes e inteligentes, pudieran pensar o decir
de ellos. Lo que les importaba era la verdad misma, no la opinión de los
hombres. Por eso afrontaron las renuncias y fatigas de un camino largo e
inseguro. Su humilde valentía fue la que les permitió postrarse ante un niño de
pobre familia y descubrir en él al Rey prometido, cuya búsqueda y
reconocimiento había sido el objetivo de su camino exterior e interior” (Benedicto
XVI, 2012).
Busquemos desde el corazón la verdad, sin
importar el qué dirán y aunque muchas veces tengamos que contrariar la mayoría de
personas que van en busca de las cosas del mundo.
A todos, sin excepción, Cristo invita: «Donde
esté tu tesoro allí estará también tu corazón» (Mt 6,21). El tesoro del corazón
es todo aquello que lo acapara, es decir, que se convierte en el motivo
dominante y profundo de la vida. Sólo Dios como dador y sus caminos como don,
mostrados en Jesús, son dignos de seducir el corazón del hombre. Acumular
riquezas lleva a que el corazón se aleje cada vez más del tesoro de Dios. No
merecen las riquezas la adhesión del corazón del hombre (Mt 6,19.20).
Libertad frente a la riqueza, los bienes
materiales de este mundo, no es lo mismo que renuncia estoica y maniquea a los
mismos. Jesús y el grupo itinerante de discípulos usaban los bienes materiales
(Lc 8,3). Lo que es denunciado por Jesús, como peligroso, es la aspiración y el
ansia de acumular como garantía de vida y de seguridad. La raíz del
enfrentamiento entre los hombres está en la codicia insaciable. La fuente de la
vida no está en los bienes. Su seguridad no depende de las posesiones. De ahí que
un proyecto de vida basado en acumular riqueza no tiene solidez. «Mirad y
guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está
asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). El único modo de liberarse de los bienes
es distribuirlos a los pobres, o sea, viviendo la generosidad y el amor gratuito,
que crean fraternidad entre los hombres (Lc 12,33.34).
La enseñanza de Jesús respecto a los bienes
materiales sólo puede ser comprendida a partir de su comportamiento. El
distanciamiento y el despojamiento de los bienes, como experiencia de libertad,
es una invitación que El hace a quienes estén dispuestos a seguido. Hay, por lo
mismo, dos actitudes ante los bienes: la cristiana y la pagana. Una se
caracteriza por una confianza esperanzada, por la calma y la serenidad. Otra
por la inquietud angustiosa. «Por eso os digo: No andéis preocupados por
vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis» (Lc
12,22). Los que se preocupan por los bienes materiales hasta turbarse y
atormentarse muestran que todavía no han descubierto que quien nos ha dado lo
más -la vida-, nos dará igualmente lo menos -el alimento y el vestido-. La
propuesta de libertad de parte de Jesús es de una fascinación maravillosa.
Ya desde el A.T. el pueblo judío prolongaba
sus festividades más importantes durante ocho días, por ejemplo la pascua que
se celebraba el día 14 del mes primero y la fiesta de los Tabernáculos que se
celebraba el día 15 del séptimo mes (Levítico 23, 34-36). La Iglesia Católica
hereda las octavas como una forma de resaltar la importancia de una fiesta
prolongando su celebración durante ocho días y estos ocho días son como el mismo día de la celebración, son como un mismo día, a esto se entiende por octava.
El número ocho tiene una simbología en el
cristianismo que es por excelencia el “número de la Resurrección”, Su
significado es “sobreabundancia”, símbolo de “nueva vida”.
El primer documento conservado que habla de
la celebración de una octava es la Vita Constantini de Eusebio a propósito de
la dedicación de las basílicas de Tiro y de Jerusalén el año 355.
En la actualidad se conservan solamente dos
octavas en la Iglesia Católica que resaltan las más importantes festividades que
son Navidad y Pascua de resurrección, aunque en el pasado existían otras
octavas como la octava de Pentecostés, inclusive en la edad media existían siete
octavas privilegiadas, seis comunes, cinco simples, más las de la dedicación,
de los santos titulares y patronos de los respectivos lugares.
El nacimiento de Cristo en el pesebre en
Belén primero nos debe llenar de alegría ya que la causa de su encarnación fue
su gran amor por cada uno de nosotros, nuestra redención y salvación. Como lo
dice san Agustín: “Salten de júbilo los hombres, salten de júbilo las mujeres;
Cristo nació varón y nació de mujer, y ambos sexos son honrados en Él. Retozad
de placer, niños santos, que elegisteis principalmente a Cristo para imitarle
en el camino de la pureza; brincad de alegría, vírgenes santas; la Virgen ha
dado a luz para vosotras para desposaros con Él sin corrupción. Dad muestras de
júbilo, justos, porque es el natalicio del Justificador. Haced fiestas vosotros
los débiles y enfermos, porque es el nacimiento del Salvador. Alegraos,
cautivos; ha nacido vuestro redentor. Alborozaos, siervos, porque ha nacido el
Señor. Alegraos, libres, porque es el nacimiento del Libertador. Alégrense los
cristianos, porque ha nacido Cristo” (Sermón 184,2).
Cristo con su nacimiento nos da ejemplos
maravillosos que todos los cristianos deberíamos seguir: su humildad, al no
escoger un palacio para nacer siendo Dios, abajarse a la condición humana aún
más a la condición de niño en una familia pobre como es la familia de María y
José, nos muestra un desapego de los bienes materiales y un gran amor con la
donación de sí mismo. Citando nuevamente
a san Agustín: “La humildad de Cristo desagrada a los soberbios; pero si a ti,
cristiano, te agrada, imítala; si le imitas, no te sentirás cansado, porque Él
dijo: Venid a mí todos los que estáis cargados”.
Meditemos profundamente este misterio del
nacimiento de Cristo e invitémoslo a que viva en nuestro corazón para que
podamos decir con san Pablo: “No soy yo quien vive es Cristo quien vive en mí”.
El año 593-592 a.c. Dios se manifiesta a Ezequiel, sacerdote
de Jerusalén, que vive en el exilio babilónico. La localización («a orillas del
río Kebar») se repite necesariamente. La manifestación de Dios a Ezequiel tiene
los siguientes elementos: La mano de Yahweh se posa sobre Ezequiel y éste
presencia una tempestad teofánica: el viento, la nube y un fuego fulgurante (el
fuego expresa la inaccesibilidad de la esfera divina); los cuatro seres vivientes,
de forma humana, pero con cuatro alas cada uno (el número cuatro simboliza la
totalidad cósmica; los elementos figurativos dan idea de la potencia e
inefabilidad de lo divino); la bóveda, sobre las cabezas de los cuatro seres;
la piedra de zafiro en forma de trono y la figura de apariencia humana, todo envuelto
en fuego resplandeciente, «algo como la forma de la gloria de Yahweh» (la
imprecisión de detalles es garantía de la autenticidad del relato); finalmente,
la reacción del profeta («caí rostro en tierra»), corresponde al modelo clásico
de la tradición sacerdotal (Lev 9,24; Núm 16,22).
Caído, con el rostro en tierra, el profeta oye una voz. Ezequiel
es enviado a la casa de Israel (casa rebelde), que se encuentra en el exilio de
Babilonia: «Les hablarás y les dirás: "Así dice el Señor Yahweh"».
Yahweh conforta a su escogido: «No tengas miedo». El profeta no presenta
objeción o resistencia alguna a la misión. Un rito de consagración o investidura
le capacita para la tarea profética: come el rollo en una acción simbólica, que
quiere expresar la asimilación del mensaje que debe anunciar.
Ezequiel es el profeta de la comunidad judía en el exilio.
Cumplió la dura misión de anunciar la destrucción de Jerusalén, la ciudad
santa, para que Yahweh pudiese poner un nuevo comienzo de salvación. Podemos reconocer
que la vocación profética colocó en continuo estado de tensión el temperamento
emotivo y vulnerable de Ezequiel. La muerte de su esposa («encanto de sus ojos»)
fue un duro golpe para él. Dios no le llama por su nombre, sino por el título
de «hijo del hombre», que expresa la dependencia y caducidad de la existencia
humana, ante el Señor absoluto (Adonai). Formado en la tradición sacerdotal,
sabe controlar sus propios sentimientos y cumplir con fiel obediencia la voluntad
de Yahweh. «Centinela de la casa de Israel», Ezequiel debe proclamar el juicio
de Yahweh, ante los justos y los impíos. Pero también anunciará la promesa de
salvación: el pueblo de Dios puede retornar a su tierra. El Señor hará con él
una nueva alianza. La casa de Israel será restaurada, como los huesos secos son
revigorizados.
Fuente: Diccionario Teológico de la Vida
Consagrada, Ángel Aparicio Rodríguez.
La vocación de Jeremías (Jer 1) es fundamental para
comprender la existencia profética. En el relato de la vocación falta una teofanía
explícita, pero Jeremías está poseído por la certeza de que la palabra de
Yahweh le fue dirigida. La elección es anterior a la existencia del profeta:
«Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía... ».
Jeremías se asusta. ¿Cómo puede ser un «profeta de las
naciones» quien no sabe hablar? «Soy un muchacho». Esta objeción puede nacer
del carácter tímido de Jeremías o del sincero sentimiento de incapacidad humana.
La respuesta de Yahweh exige, sin embargo, obediencia. La misión del profeta
consiste en ser enviado («irás») y en hablar en nombre de Yahweh («dirás»).
Jeremías no debe temer, porque Yahweh está con él («No les tengas miedo, que
contigo estoy yo para salvarte»). Sigue un rito de investidura o consagración
del profeta, a través de una acción simbólica (imposición de la palabra de Dios
en la boca del profeta, mediante el contacto de la mano). Supone, implícitamente,
una visión teofánica. Jeremías es tocado por Dios, que le da autoridad para destruir
y para reconstruir.
En Jeremías la vocación es puro don de Dios. Porque la personalidad
e inclinación natural del profeta no parecían favorecer la vida y la misión a
que el Señor le llama. Jeremías era amante de su patria y de familia sacerdotal.
Y, sin embargo, tuvo que anunciar la ruina de Jerusalén y de su templo. Sensible
y afectuoso, el profeta vivió solitario por mandato del
Señor. Los conflictos internos del profeta son testimoniados en
los textos autobiográficos, conocidos como confesiones de Jeremías: « ¡Ay de
mí, madre mía, porque me diste a luz, varón discutido y debatido por todo el
país!» (15,10); « ¡maldito el día en que nací!» (20,14).
El corazón del profeta está con Yahweh, cuya palabra es un
gozo y alegría de corazón; por eso le duele más el silencio de Dios. Jeremías
aplica a su relación con el Señor la atrevida imagen de la seducción amorosa:
«Me has seducido, Yahweh, y me dejé seducir». La vocación profética es más fuerte
que la resistencia que el profeta le opone: «Yo decía: "No volveré a recordarlo,
no hablaré más en su Nombre". Pero había en mi corazón algo así como fuego
ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogado, no podía».
Fuente: Diccionario Teológico de la Vida
Consagrada, Ángel Aparicio Rodríguez.
La Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, José
y María son el ejemplo que deben seguir todas la familias cristianas, en un
mundo actual donde se le ataca tanto con falsas ideas como la ideología de
género, el aborto, el divorcio entre otras.
La Sagrada Familia de Nazaret vivió
profundamente el amor mutuo y el amor a Dios, San José a través del silencio
propició en el hogar de Nazaret un clima de contemplación mientras realizaba el
oficio propio de carpintero. Allí se vivió plena y castamente el vínculo
matrimonial: “En este matrimonio no faltaron los requisitos necesarios para su
constitución: «En los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del
matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos la prole, que es
el mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existe adulterio; el sacramento,
porque no hay divorcio»” (San Juan Pablo II, Redemptoris Custos).
Los evangelistas, aun afirmando claramente
que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y que en aquel
matrimonio se ha conservado la virginidad (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38),
llaman a José esposo de María y a María esposa de José (cf. Mt 1, 16. 18-20.
24; Lc 1, 27; 2, 5) (San Juan Pablo II, Redemptoris Custos).
En esta familia San José juega un papel muy
importante como custodio de Jesús y María, como jefe del hogar, como la figura
masculina del hogar y como padre de Jesús: “Como se deduce de los textos
evangélicos, el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad
de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios elige a
José como esposo de María. Se sigue de esto que la paternidad de José —una
relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de toda elección y
predestinación (cf. Rom 8, 28 s.)— pasa a través del matrimonio con María, es
decir, a través de la familia” (San Juan Pablo II, Redemptoris Custos).
Imitemos el ejemplo de fidelidad, amor y
servicio de la Sagrada Familia, donde vemos que cada miembro cumplió la
voluntad de Dios y con la misión encomendada hasta el final de sus vidas.
La vocación por excelencia, en la Biblia, es la del profeta (nabi).
Entre las etimologías posibles de esta palabra hebrea, se cita el vocablo
acádico nabu (llamar). De ser exacta esta etimología, nabi significa, originalmente,
«el llamado». En todo caso, los grandes profetas de Israel, al contamos su
propia vocación, dan testimonio de una llamada divina, individual, directa e inmediata.
En el relato de la vocación de Isaías (Is 6) el templo es el
lugar donde la presencia de Yahweh se hace sentir. Isaías es el profeta de la
santidad de Dios, manifestada en su gloria. Yahweh está acompañado por
serafines, significando la impenetrabilidad y diversidad de la esfera divina
con relación al mundo visible. El triple título de «santo» quiere expresar la
absoluta trascendencia de Dios, cuya gloria llena toda la tierra. La sala del
templo se llena de humo, que manifiesta y vela la presencia divina.
Isaías está deslumbrado ante la gloria de Yahweh, terrible y
fascinante. Y, ante la santidad de Yahweh Sebaot, el profeta toma conciencia de
su pequeñez y de su radical impureza: «iAy de mí, que estoy perdido, pues soy
un hombre de labios impuros y entre un pueblo de labios impuros habito!». Isaías
es indigno de contemplar la gloria de Yahweh y sus labios están impuros para
proclamar la palabra profética. Pero un serafín le purifica, por medio de una
acción simbólica (tocar los labios con una brasa).
El profeta no se quejará más de su limitación; ha quedado convertido
en un hombre nuevo, disponible para la misión profética. La visión teofánica se
convierte en audición: «¿A quién enviaré?». El profeta purificado se ofrece sin
vacilar: «Heme aquí: envíame». La misión de Isaías está expresada en forma
paradójica: endurecer el corazón del pueblo, cerrar sus oídos y cegar sus ojos.
Pero esto no se debe entender como una realidad querida por Yahweh, sino como
denuncia de la obstinación del pueblo, que justifica el castigo, del cual
vendrá la salvación. «¿Hasta dónde?», pregunta Isaías. Hasta la ruina total. El
profeta asume una misión condenada al fracaso. Pero el tocón que queda del
árbol talado será una «semilla santa». El relato termina así con una nota de esperanza.
Profeta de la santidad trascendente de Dios, Isaías es un hombre de esperanza.
Fuente: Diccionario Teológico
de la Vida Consagrada, Ángel Aparicio Rodríguez.
«Llena de gracia», en el original griego
«kecharitoméne», es el nombre más bello de María, nombre que le dio el mismo
Dios para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la
escogida para acoger el don más precioso, Jesús, «el amor encarnado de Dios»
(encíclica «Deus caritas est», 12).
Celebramos hoy una de las fiestas de la
bienaventurada Virgen más bellas y populares: la Inmaculada Concepción. María
no sólo no cometió pecado alguno, sino que quedó preservada incluso de esa
común herencia del género humano que es la culpa original, a causa de la misión
a la que Dios la había destinado desde siempre: ser la Madre del Redentor (Benedicto
XVI, 2006).
El magisterio de la iglesia concluyó que
María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer
instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente,
en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano.
El texto bíblico que sustenta la inmaculada
concepción de la Virgen María es de la anunciación y encarnación, Lucas 1, 28: “El
Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: « ¡Alégrate!, llena de gracia, el
Señor está contigo»”, que nos recuerda que María es «kecharitoméne» hija
predilecta de Dios, llena de gracia.
Finalmente, la Inmaculada Concepción de la Santísima
Virgen María nos invita a la pureza para que Jesús resida en nosotros y nos llama
a la consagración al Corazón Inmaculado de María, lugar seguro para alcanzar
conocimiento perfecto de Cristo y camino seguro para ser llenos del Espíritu
Santo.
Sabiéndonos necesitados de Dios utilicemos
el tiempo del adviento para preparar el recibimiento que Él se merece en
nuestro corazón, como lo dice san Anselmo: “deja un momento tus ocupaciones
habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus
pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti
tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento
en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y
lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en
pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu
rostro”.
Este tiempo de adviento es un tiempo
favorable para encontrarnos con Dios, en la oración, las obras de caridad, el cambio
de las malas costumbres. Alegrémonos también ante la inminente llegada del salvador,
como lo dice san Carlos Borromeo: “Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel
tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo
favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que
tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos
suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia
celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con
fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en
este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros,
pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder
del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los
misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de
costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los
tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida
eterna”.
Ante la vida que es tan corta recordemos el
salmo 90: “Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la
mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan”, esta oportunidad
la tenemos cada año, no la dejemos pasar, abramos de par en par nuestro corazón
para recibir a Cristo.
Para Viktor Frankl,
fundador de la Logoterapia, el sufrimiento es un aspecto de la vida que no
puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Todavía, sin
todos ellos la vida no es completa.
Según Frankl, el
sentido de la vida siempre está cambiando, pero nunca cesa. En este sentido podemos
descubrir este sentido de la vida de tres modos distintos: (1) realizando una
acción; (2) teniendo algún principio; y (3) por el sufrimiento.
En el primer caso
el medio para el logro o cumplimiento es obvio. El segundo y tercer medio
precisan ser explicados.
El segundo medio
para encontrar un sentido en la vida es sentir por algo como, por ejemplo, la
obra de la naturaleza o la cultura; y también sentir por alguien, por ejemplo
el amor.
Cuando uno se
enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que
enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable,
un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la
oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo,
cual es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que
tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento. El
sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que
encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio.
Claro está que en
este caso no hubo terapia en el verdadero sentido de la palabra, puesto que,
para empezar, su sufrimiento no era una enfermedad y, además, yo no podía dar
vida a su esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su
actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese momento al
menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.
Uno de los
postulados, básicos de la logoterapia estriba en que el interés principal del
hombre no es encontrar el placer, o evitar el dolor, sino encontrarle un
sentido a la vida, razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir
a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido.
Hay situaciones en
las que a uno se le priva de la oportunidad de ejecutar su propio trabajo y de
disfrutar de la vida, pero lo que nunca podrá desecharse es la inevitabilidad
del sufrimiento. Al aceptar el reto de sufrir valientemente, la vida tiene
hasta el último momento un sentido y lo conserva hasta el fin, literalmente
hablando. En otras palabras, el sentido de la vida es de tipo incondicional, ya
que comprende incluso el sentido del posible sufrimiento.
La libertad interior
Para Frankl, el
hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia
mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física. Así
escribió en su obra “El hombre en búsqueda de sentido”:
“Los que estuvimos en campos de
concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón
consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede
que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre
se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas
– la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias – para
decidir su propio camino.
Dostoyevski dijo en una ocasión: “Sólo temo
una cosa: no ser digno de mis sufrimientos” y estas palabras retornaban una y
otra vez a mi mente cuando conocí a aquellos mártires cuya conducta en el
campo, cuyo sufrimiento y muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad
íntima nunca se pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y
la forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta libertad
espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga
sentido y propósito”.
El modo en que un
hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en
que carga con su cruz, le da muchas oportunidades – incluso bajo las
circunstancias más difíciles – para añadir a su vida un sentido más profundo.
No piensen que
estas consideraciones son vanas o están muy alejadas de la vida real.
Es verdad que sólo
unas cuantas personas son capaces de alcanzar metas tan altas. De los
prisioneros, solamente unos pocos conservaron su libertad sin menoscabo y
consiguieron los méritos que les brindaba su sufrimiento, pero aunque sea sólo
uno el ejemplo, es prueba suficiente de que la fortaleza íntima del hombre
puede elevarle por encima de su adverso sino. Y estos hombres no están
únicamente en los campos de concentración. Por doquier, el hombre se enfrenta a
su destino y tiene siempre oportunidad de conseguir algo por vía del
sufrimiento.
Organización: Francisco Galvão, novicio paulino, Brasil
Diciembre es un mes importante para la
mayoría de las personas, ya que es el mes que celebramos el nacimiento del niño
Jesús y es un mes lleno de alegría, de compartir en familia, de estar unidos ya
que durante el año puede ser que estuvimos a largas distancias de nuestros
seres queridos por el trabajo, por las ocupaciones etc; y para este tiempo nos
preparamos para los regalos, las decoraciones de nuestras casa y mi pregunta
¿Cuál será ese regalo perfecto para esta navidad? Dios nos ha dado el regalo
más grande y perfecto que toda persona quiere y es la “Vida”, no hay otro
regalo que pueda superar este, por eso cada uno de nosotros debemos sobretodo
dar gracias a Dios por ese hermoso regalo, también por el regalo de tener una
familia que está siempre a nuestro lados, que a pesar de las dificultades que
nos presente la vida, están siempre hay; hay personas en este mundo que no
cuentan con una familia, no tienen el apoyo necesario para salir adelante.
Debemos dar gracias a Dios que tenemos
salud y podemos pasar este tiempo con buen ánimo, con sonrisas abiertas en
nuestro rostro; hay personas que en este tiempo está sufriendo por causa de una
grave enfermedad, está sufriendo porque no tiene una protección médica que la
respalde etc. Debemos dar gracias por ese hermoso regalo de mirar el sol día a
día, de tocar a nuestros hermanos y darle un fuerte abrazo, de sonreir delante
del que sonríe para compartir su felicidad, hay tantas cosas que Dios nos ha
regalado que para mí, esos detalles aparte de muchos más que tenemos es el
mejor regalo perfecto que en este tiempo de la navidad podemos tener.
Algunos estudiosos de la historia cristiana antigua, consideran a Pablo como el “fundador” del cristianismo en el sentido de que él habría predispuesto los instrumentos e iniciado una organización teórica y práctica de la experiencia cristiana.
Las raíces del mensaje teológico y espiritual de San Pablo han de buscarse en la tradición bíblica y judía releída a la luz de la fe en Jesucristo.
El apóstol al respecto decía Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo. (1 Cor. 11,1)
San Pablo tenía plenamente identificada su mision como mensajero del Señor y su labor al motivar el proyecto y el estilo de vida cristiana para las jóvenes comunidades, fundadas por él, estimulando así su búsqueda y reflexión en una constante confrontación con el ambiente cultural externo, hecho por el que fue llamado "apóstol de los gentiles".
Para reconstruir el pensamiento teológico de Pablo y comprender su orientación espiritual específica es oportuno individuar su modo de leer la Biblia y sus criterios de interpretación:
Pablo subraya la continuidad de la acción de Dios en la historia de la salvación que halla su cumplimiento en Jesucristo.
Se ampara en la fe cristológica , la cual le suministra el criterio para discernir en el canon bíblico.
Usa textos claves en los cuales se condensa la promesa de la “Nueva” y definitiva Alianza (Jr 31, 31; Ez 36, 26-27).
El Padre Santiago Alberione quiso
incorporar a la Familia Paulina la devoción a María Reina de los Apóstoles,
como parte fundamental de nuestra espiritualidad, gracias a su experiencia en
el seminario de Alba como director espiritual.
El P. Alberione mientras desarrollaba su
trabajo como director espiritual del seminario de Alba inculcó la devoción a
María Reina de los Apóstoles, como lo atestigua en Abundantes Divitiae: “La
devoción a la Reina de los Apóstoles también la inculcó, ya en el seminario:
bajo su patrocinio se desarrollaron las conferencias de pastoral (1912-1915),
la clase de sociología, y los primeros pasos de los neosacerdotes en el
ministerio. María es co-apóstol; así como es corredentora” (AD, Numeral 181).
Para el P. Alberione es importante resaltar
que María recibió un doble anuncio, el de ser Madre de Dios y el de ser Madre
de todos los hombres, el primero lo recibió en la anunciación y encarnación, el
segundo lo recibió en la crucifixión: “Al ver a la madre y cerca de ella al
discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo»” (Juan
19, 26).
María Reina de los Apóstoles entrega a la
humanidad la mayor riqueza y la mayor gracia que se puede dar, es decir, a
Jesucristo por lo cual el P. Alberione resalta su papel como Mediadora
universal de la gracia:”Ninguna
riqueza mayor que Jesucristo puede darse a este mundo pobre y orgulloso. María
dio al mundo la gracia en Jesucristo; continúa brindándolo a lo largo de los
siglos: es mediadora universal de la gracia y en esta misión es también madre
nuestra. El mundo necesita a Jesucristo, camino, verdad y vida. [María] lo da
mediante los apóstoles y los apostolados. Ella los suscita, los forma, los
asiste, los corona de frutos y de gloria en el cielo” (AD, Numeral 182).
María también asiste a los apóstoles en su
misión, los forma para dar a Jesucristo Camino, Verdad y Vida, en el cumplimiento
de esta misión es Madre y Maestra, todo el apostolado de la Familia Paulina
esta encomendado a María Reina de los Apóstoles quien nos guía en cada paso
para dar gloria a Dios y paz a los hombres.
El próximo domingo 20 de noviembre
celebraremos la fiesta del Cristo Rey del universo con la cual terminamos el
año litúrgico, debemos saber sobre esta festividad que el Papa Pio XI, el 11 de
diciembre de 1925, día en que se instituyó la fiesta tenía unas intenciones que
se encuentran recogidas en su carta encíclica Quas Primas.
Volviendo a retomar este documento vemos
que sigue teniendo gran actualidad pues los problemas observados en ese tiempo
se repiten hoy y esta festividad nos debe mover a luchar contra los males que
aquejan nuestra fe y nuestra sociedad.
El Papa Pio XI enuncia el problema de
laicismo como un mal grave para nuestra fe, como lo leemos en la encíclica: “Poco
a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y
rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil
y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más:
hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta
religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron
Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la
impiedad y en el desprecio de Dios” (Quas Primas, Numeral 24).
El papa Pio XI también explica la razón por
la cual quiso instituir esta fiesta: “Para condenar y reparar de alguna manera
esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el
laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la
fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime
con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones
internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con
mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad” (Quas
Primas, Numeral 25).
Es recomendable volver sobre el documento
que hace que nosotros renovemos nuestro deber misionero en todos los ámbitos de
la sociedad y nos decidamos a dejar de lado la tibieza y seamos realmente sal y
luz para la humanidad.
Como lo proclama Jesús en el evangelio de san
Marcos: “El tiempo (ho kairós) se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca.
Convertíos (metanoeite) y creed en la Buena Nueva”. La palabra griega
“metanoeite” ofrece un matiz más espiritual: se refiere al cambio de mente, de
pensamiento, de corazón, de espíritu.
Todo hombre está llamado a vivir la
conversión y por consiguiente la comunión con Dios, pero como el hombre es
pecador desde sus orígenes (Rm 5,12), necesita de purificación y conversión
para vivir la intimidad con Dios. La conversión tiende a crear una nueva
relación con Dios, que supone una ruptura con el “hombre viejo”, con la antigua
condición pecadora del hombre para la realización del Reino de Dios.
La conversión es una exigencia radical de
la vida cristiana y una tarea de toda la vida. Con Jesús la conversión deja el
tiempo de la esperanza inmediata y entra en el tiempo de la plenitud de la
salvación, la conversión afecta a todo hombre y abarca a todos los hombres,
pues todos estamos necesitados de la salvación. El anuncio del Reino de Dios ya
presente exige una nueva actitud ante la vida. Convertirse es como nacer de
nuevo, ser nuevas criaturas en Cristo.
Debemos saber que la perfecta configuración
con Cristo es un proceso lento de maduración con retrocesos y caídas, por eso
requiere perseverancia y también de la ayuda de los sacramentos especialmente de
la confesión y la eucaristía.